20 de agosto de 2009

Estilos bastardos

Frente a la unidad supuesta de estilo reglado que tendemos a ver en el gótico o el renacimiento, en los que podemos llamar "estilos bastardos" encontramos una riqueza de planteamientos y soluciones equiparable a los presupuestos de los grandes estilos del arte europeo.

Parte de la magia de estos estilos bastardos, crisoles de influencias, radica en la discusión que mantienen aún los estudiosos sobre si existen o no, o si son ramificaciones de los grandes estilos. El pobre mudéjar aún es considerado por algunos románico en ladrillo. ¿Cuánto debe diferenciarse un estilo nuevo del anterior -o del siguiente- para que se considere que tiene entidad propia?

Seguimos contemplando al mudéjar. De las formas románicas hereda las plantas sencillas, elementos decorativos variados, pero la impronta de la influencia musulmana es demasiado acusada como para no darle un porcentaje de, al menos, un 50%. No sólo en el uso generalizado del arco polilobulado así como el túmido, mucho más presente que en el románico, sino en la enorme presencia de elementos decorativos de innegable raíz islámica como es el horror vacui en forma de yeserías, alicatados y pinturas, llenos de color. Si comparamos un ataurique mudéjar con cualquier pintura románica, hay diferencia.

El problema de llamar al mudéjar románico el ladrillo es que el estilo sigue existiendo una vez el románico se pasa de moda, mamando elementos que le parecen bien del gótico (las hojas carnosas en las yeserías, por ejemplo). ¿Comenzó entonces siendo un románico "barato" y después evolucionó hasta adquirir entidad propia?

Cuánto nos gustaría que los señores albañiles se hubieran dedicado a escribir un diario explicándonos, con plena consciencia, cosas como "he visto una iglesia en X con un alero monísimo que voy a copiar en la obra que estamos haciendo en Y". Nos ahorraría mucho trabajo, horas de observación, y sobre todo discusiones absurdas. Como no tenían SGAE porculera, lo de ver un elemento molón y reinterpretarlo en tus obras era de lo más normal. Si además los señores albañiles fueran más allá, y en sus diarios ficticios elucubraran sobre los estilos en los que trabajan, ya sería la repolla, pero bastante tendrían los pobres con comer todos los días y sobrevivir a la peste negra como para preocuparse por facilitarnos la vida a los curiosos del futuro enganchados al autocomplaciente conocimiento del arte.

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