21 de julio de 2008

Épica

Hay quien me pregunta si los poemas épicos antiguos (la Ilíada y demás exponentes del gore versificado) pueden ser utilizados como fuente histórica. Partiendo de la base de que se trata de un texto oscuro, sin datación ni autoría exactas, y que tiene como escenario un conflicto sobre el cual sólo tenemos suposiciones, no podemos esperar que se trate de una fuente fidedigna; además, no podemos contrastar la información que nos da nada más que con la arqueología y las fuentes posteriores -que, a su vez, se basan en el poema-. Con ese percal, hay que hilar bastante fino.

Ante todo, la épica es un género literario, no una crónica de guerra; es lógico -y casi obligado- que se tomen licencias históricas al componer el poema. Si contamos con que el ejemplo concreto de la Ilíada narra la cólera de Aquiles (un hecho dramático humano y personal) y que la guerra sólo es el telón de fondo para una historia concreta, hemos de aceptar que el hecho histórico no es lo más importante en la narración. Por lo tanto, no podemos esperar que se nos de una explicación detallada de tácticas y demás; el autor incluirá estos aspectos cuando le convenga, sin que sean una prioridad en el relato.

Ocurriera o no ocurriese la guerra de Troya, lo que sí es seguro es que, antes del S. VIII a.C, se estaba narrando su historia; se trazaban las líneas generales del relato, basándose en la leyenda o en la tradición popular. Es aquí precisamente donde podemos ver la utilidad del poema como fuente: en esta tradición popular es donde se recogen los valores fundamentales de la sociedad del momento; podemos deducir cómo pensaban a partir del comportamiento y decisiones de los personajes principales del relato. Podemos también analizar las costumbres del día a día, descubrir su forma de organización y encontrar referencias a objetos de uso cotidiano que podamos contrartar con hallazgos arqueológicos.

Una vez establecidos los sucesos principales, su orden y su desarrollo, hemos de observar el aspecto formal, que cambiará de aedo en aedo según se narre y se transmita la historia. Se sigue siempre el mismo argumento narrativo, aunque cambien los versos; los recursos de la narración oral son flexibles a la hora de repetir un texto. Por tanto, y al perdurar así un texto en el tiempo, al pasar de generación en generación, nuevos elementos impregnarán el poema. Así, podemos encontrar mezclados en él armamento de distintas épocas, diferentes tipos de ritos funerarios; si hubieran tenido canción del verano, aparecerían siet u ocho.

Estos cambios -intencionados o no- son fruto de otra de las necesidades fundamentales de las narraciones orales: mantener la atención del auditorio, que se logra -entre otros recursos- mediante la identificación del público con aquello que se cuenta; si cambian las costumbres, cambiaremos el poema. Al ser meros detalles anecdóticos, que no afectan al argumento base de la narración -tanto da si luchan con espadas o lanzas; el caso es que se revientan la cabeza a hostias-, cambiarlos no supone un descalabro en el resultado final.

Este añadir y quitar termina en el momento en el cual se pone por escrito: al haber ya una versión canónica, aceptada, introducir nuevos elementos es complicado. Tenemos así varias épocas fusionadas en un mismo texto, sin contradicciones aparentes dentro del mismo. Una fuente así hay que desgranarla, estudiarla con cuidado: no es una fuente “cómoda”, por así decirlo; pero es una fuente al fin y al cabo, aunque no de hechos históricos concretos, sino más bien de aspectos sociales y cotidianos de la sociedad griega en los periodos menos documentados de su historia.

Así que, hermanos, ese bodrio de película tiene la misma puñetera base histórica que el poema: una cocktelera. Sólo que la versión de "Homero" (con su identidad igual me meto otro día) tiene más clase, dónde va a parar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

¡Dime cosicas bonicas!