1 de julio de 2008

Diez razones para odiar el verano

1. Las ventanas abiertas. Si eres un pobre proletario que no tiene aire acondicionado, tienes que abrir las ventanas, por las que se cuela TODO: mosquitos, ruidos, olor de depuradora revenía...

2. El aire acondicionado. ¡Qué bonitas las anginas veraniegas! ¡Cuarenta grados por dentro y por fuera! ¡Cuán melodiosa carraspera te acompaña porque el autobusero lleva el aire tan fuerte que parece que piensa que sois un cargamento de merluza congelada!

3. Las sandalias. Si no quieres que tus pies se cuezan y se te caigan, hay momentos en que tienes que recurrir a ellas. Más allá de la estética, se cuelan piedras, tierra y cristalitos; la gente te pisa, como le pegues una patada a algo, duele más.

4. El sol. Te condena a oler a fotoprotector si quieres pisar la calle mientras sea de día. Si se te olvida, te conviertes en SuperGamba. Además, no se veun churro.

5. El calor. Principal característica. Trae detrás a casi todos los inconvenientes. Cuando la hipotensión de acompaña, le tienes bastante terror.

6. Los niños porculeros. No tienen cole, y te los puedes encontrar en cualquier parte. Además, las madres los sueltan en la calle hasta las tres de la mañana para que griten y desfoguen con la fresca, y el vecindario no pueda dormir.

7. La programación de la tele. Series del año catapún de la pera. Repeticiones hasta la náusea. Cuando se te han frito los ojos de tanto leer y la tele es lo único que te queda, jode.

8. La celebración de mi cumpleaños, del de mi abuela, el de mi primo, el de mi prima, el de mi padre, el de mi otro primo... Demasiada socialidad en tan poco tiempo es demasiado para lo descastada que soy.

9. Los turistas. Todos tenemos derecho a visitar lugares exóticos, vale. Pero el problema es que ahora vienen todos a la vez. Ralentizan los procesos sencillos como subir al bus mientras cuentan los céntimos, tapan las calles, aparcan en lugares inverosímiles... A veces gritan.

10. La continuación. Después del verano viene Septiembre en todo su esplendor. Con sus inflexiones, decisiones y demás.

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