18 de julio de 2008

El horror, el horror

Es un tanto traumático que se acerque tu cumpleaños. Cuando tienes seis años te preocupa si se van a olvidar de algún regalo. Con el tiempo, rezas para que algunas personas se olviden por completo de regalarte lo que sea. Ropa que se quedará en un cajón. Bisutería que desaparecerá. Libros infumables.

Por supuesto, aún se puede ir más allá: puede tratarse, simplemente, de un objeto inútil. Completamente inútil. Como el montoncito de conchas apegotonadas con cola de carpintero y con la frase en rotulador sobre la más grande, y brillantina. Mi prima le trajo uno a mi abuela que he intentado romper accicentalmente durante años.

En algunos casos afortunados, se juega con la búsqueda de formas animales (un elefante, o una tortuga como la que me vigila desde la estantería). El relativismo estético permite que sus creadores no sean condenados a la hoguera, y también que haya gente que encuentre deliciosos estas aberraciones, digo "productos". Y hay quien (esperad que me meta un chute del ventolín) los llama arte. Quizás haya una búsqueda de la belleza, y un indiscutible trabajo manual.

Eso sí, nadie sabe nada sobre los creadores. Artistas anónimos, Creadores Ocultos. Ninguno de estos objetos va firmado (probablemente, por la vergüenza que le dan sus obras a los propios artífices). Es posible aceptar que haya una mente creativa detrás de las tortugas hechas con caracolas, pero no en quien planta una frase en un objeto de cerámica que está harto de moldear. Su fin único y exclusivo es permanecer sobre una superficie horizontal para ser contemplados por los ojos de sus dueños. No incitan a la reflexión. No denuncian nada. Han sido creados para, simplemente, estar. Su complemento ideal suele ser un tapete de ganchillo; su pedestal, la balda de una estantería, delante de la enciclopedia, o la tele, flaqueado por dos niños de comunión en marco de plata.

Es muy raro encontrar a alguien que haya comprado uno de estos objetos para sí... A no ser que se trate de uno de esos seres que ha caído bajo la pasión del coleccionable (otro tema apasionante). Los coleccionables juegan con la sorpresa y el anhelo; cada semana vendrá un nuevo y fascinante objeto, pero hay que ser paciente. Casi uno se siente orgulloso de sí mismo por no estar mordiéndose las uñas al saber que sólo quedan dos entregas. Se puede hacer un barco por piezas, aprender inglés o conseguir la serie completa de tu infancia, pero son aquellos que no tienen una función práctica los que nos ocupan. Zapatos de colección, molinillos de café de colección, furgonetas de colección, salseras de colección, dedales de colección,... Por alguna razón, fascina colocar un objeto detrás de otro sobre la balda de la estantería. ¿Fascina igual limparles el polvo cada quince días?

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