26 de marzo de 2009

Auge y caída; después, el olvido...

Como a mí me ha tirado siempre más lo medieval -por cercanía- y el mundo grecolatino -por pragmatismo y afinidades varias- las civilizaciones orientales, pese a intrigarme profundamente, apenas han recibido, en comparación, atención. Además, teniendo en cuenta la señora responsable de introducir a mi curso de neonatos en el oriente antiguo, bastante es que no haya desarrollado condicionamientos paulovianos y no sufra ataques epilépticos ante la visión de una pirámide o la mención de ziggurat.

Afortunadamente, a veces la tele sirve para algo más que desquiciar al personal y recuerda la existencia, aunque sea de pasada, de ciertas maravillas poco tenidas en cuenta por el público en general. Entre ellas, hace poco la dinastía XXV y los chanchullos egipcios volvieron a abrirme el apetito oriental.


¿Quién no quiere una bombonera para pasar la eternidad?

Se olvida que el Egipto, en sus tiempos, implicaba Sudán, entonces llamado Nubia, o Kush, o Meroe, o lo que se terciase. Cuando tienes unos cuantos milenios de Imperio con el único hilo común de un río y sus crecidas, le da tiempo a expandirse, implosionar, evolucionar -o involucionar- en materia religiosa y cultural, escamocharse y renacer de sus cenizas varias veces y, sobre todo, rellenar páginas de historia que nada tienen que envidiar a las telenovelas de sobremesa. Varias dinastías gobernando a la vez, mujeres que decretan que son hombres, invadidos que terminan reunificando el reino, cosas así.

Volviendo a Nubia, hubo un cierto momento en el cual los faraones fueron originarios de allí, previa conjura palaciega y hostias mediante. La imagen de un tío negro brillante con el trapo a rayas en la cabeza y la mirada oscurecida con Khol es terriblemente evocadora. Personalmente, disfrazo en mi cabeza a Foreman, que nadie puede negar que si le plantas un ureus y le das un carro de combate pide a gritos un relieve para inmortalizar el momento.



No pongas cara de bueno que sabemos
quién le ha hecho al cocodrilo
sagrado la punción lumbar...


Como en la wikipedia y gracias al poder de google es terriblemente fácil encontrar información al respecto, no me repito y paso directamente a mi reflexión peregrina y probablemente poco profunda (como corresponde a quien apenas ha metido la nariz en un tema sin ponerse a bucear en condiciones).

La presa de Asuán es la clave para recordarle al mundo que existía un egipto río arriba. Me resulta un tanto escalofriante lo rápido que se puede olvidar uno de su historia, lo fácil que es reinterpretar un resto (la misma monja Egeria decía toda convencida que las pirámides de Gizeh eran los silos de José y se quedaba tan ancha), la putada de depender de fuentes dispersas y poco fiables (cada uno cuenta la feria según le va) y, en definitiva, la futilidad de la existencia humana. En algún momento explotará el sol y si no hemos encontrado una forma de transplantar nuestro patrimonio a otro planeta, todos nos iremos a la mierda, y con nosotros el recuerdo, y la historia no habrá existido.

¿Total? Lo que cuenta es el ahora. Nos ponemos a rebuscar en el antes porque aprender de los fallos anteriores, comprender dónde la ha cagado la especie y dónde ha acertado, nos ayuda a vivir mejor este presente, que es lo único que tenemos seguro. Excavemos, traduzcamos: no dejemos que el olvido llegue antes de tiempo...

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

¡Dime cosicas bonicas!