11 de noviembre de 2009

Muérdeme, pero no me hagas pupa

Ya sabía yo que no podía ser impresión mía que los vampirines se hubiesen puesto de moda. Desde que vi que la mayor maldición de Edward Cullen es estar contrachapado con un baño de swarovski se me cayeron los pelos del sombrajo. No se puede ser más descafeinado. Hace que la tortura existencial y la maldición de ser un no-muerto se conviertan en una rabieta adolescente. Dónde quedó Nosferatu, que sí que era un engendro maligno potente, o esos vampiros de látex a los que Buffy reventaba a hostia limpia y eran carne de psiquiátrico, o la caterva de traumatizados perturbados de Anne Rice. Hasta del Drácula que nos presentó Stoker era un tío jodido que mataba gente y estaba como una puta cabra. Esto ya no tiene gracia.

Dándole una vuelta más, pregúntome por qué siempre son vampiros longevos los que atraen o son seducidos por jovencitas sin cocer, mayormente. No he visto aún a ningún imberbe ni perdiendo las hormonas por una vampiresa centenaria, ni haciéndola humectar en una historia de amor torturado entre especies, al menos como trama protagonista y best-seller. ¿Es que los vampiros siguen pensando con el escroto incluso tras haber recibido tamaña maldición, o una Sara Montiel con colmillos da grima?

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