1 de noviembre de 2009

Un poco de gore

Resulta que, a la hora de representar personajes varios, hay que recurrir a un código para que todos sepamos a quién se ha pintado/esculpido sin necesidad de recurrir a los socorridos cartelitos. Así, en la iconografía occidental cristiana aparecen una serie de "símbolos convencionales" que sirven para caracterizar personajes varios: un señor con barba y cara de bueno con una cruz en el nimbo tiene todas las papeletas para ser cristo, y si aparece un niño con una mula y un buey, pues el mismo pero de pequeño. Así de fácil.

El problema es que hay santos y secundarios varios a patadas. Como hay combinaciones limitadas de colores de pelo, complexiones y demás, se recurre con acierto a los elementos característicos de la vida de cada uno. Como los santos tienen cierta tendencia a ser martirizados -momento en que se convierten en mártires-, el símbolo del martirio es una gran opción.

Los martirizadores y verdugos varios hacen gala de una gran imaginación a lo largo de la historia, con lo cual los santos y santas terminan siendo representados con una variopinta gama de partes del cuerpo amputadas e instrumentos de tortura que sostienen con gracia y soltura. Hoy, como ejemplos gráficos generales, unos cuantos un pelín gores:

SANTA LUCÍA



Huy que asquito...


Esta pobre mujer, que podría salir perfectamente con una espada ahí toda mona, es más identificable por los ojos que le sacaron, que suele llevar en una bandeja/plato o, más finamente en la representación aquí mostrada (poco habitual), en una ramita. Antes de cortarle la cabeza -método de ejecución final infalible-.

SANTA ÁGUEDA


Cuarto y mitad de carnecilla


También llamada Ágata, es una santa muy antigua, que en el siglo III tiene que aguantar ciertas proposiciones matrimoniales, mantener la virginidad en un lupanar y soportar, entre otros tormentos, que le corten los pechos. No sé quién fue el primero a quien se le ocurrió plantar dos tetas en una bandeja, ahí en plan prótesis de clínica de aumento de pecho.

SAN SEBASTIÁN



Pupita


La historia de este pobre hombre incluye un episodio que, por alguna extraña razón morbosa, es el que ha pasado a caracterizarlo: lo condenan a morir asaeteado, como un pincho moruno. Tras aquello lo consideran muerto, pero sobrevive, y tienen que volver a cicutriñárselo más tarde, acabando sus despojos en la cloaca máxima. Bueno, pues resulta que eso de pintar a un tío cuasi desnudo, marcando musculitos y con cara de sufrimiento es un desafío técnico o una parafilia increíblemente recurrente entre los artistas.

SAN BARTOLOMÉ




Para terminar, un Apóstol. Eso que le cuelga es su pellejillo, ya que al poble hombre lo martirizaron despellejándolo, cual Marsias. Normalmente sale sólo con una navajica tipo Curro Jiménez en alusión al asunto, pero igual que San Sebastián es una excusa estupenda para esculpir a un joven de buen ver, San Bartolomé sirve para hacer, digamos, estudios de anatomía.

Para más santos, martirios y regodeos en sufrimientos además de torturas perfectamente descritas, la Leyenda Áurea. Lectura recomendada donde las haya, oiga. Ni Saw VI.

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