4 de abril de 2011

Piedros


Hablemos de piedros, pues.

Una puede llegar a tener epifanías brutales cuando menos se lo espera. Por ejemplo, paseando laralí laraló por los Museos Capitolinos puedes darte de bruces con "un cachito de entablamento" sacado del templo X que tenía mogollón de metros de altura y encontrar que las ovas son del tamaño de tu cabeza y los dardos... Más que dardos son calabacines de buen año afilados y marmóreos. En momentos como ése, tu cabeza hace unas cuantas millones de sinapsis inverbalizables y comprendes, en medio segundo, la magnitud. Perdón, La Magnitud. ¿De qué? De Roma, del arte, de la técnica, de la humanidad, de todo.

Todo. Por culpa de un cachito de entablamento. Es poco glamouroso, y la verdad viste más que el apapurcio revelador te dé delante de un capolavoro de Bernini o de un frontón de templo etrusco, pero el efecto viene a ser el mismo. Cada uno tiene sus propias piedrecitas que provocan las avalanchas.

Hablar de piedros siempre es bueno. Están ahí, además de para ilustrar los "no hay huevos" del género humano, para contribuir a que el espíritu del mismo esté donde tiene que estar, concentrado en lo que es menester. Eso, hijos míos, es un poco difícil de encontrar en las producciones contemporáneas, con su hormigoncejo anodino. Menos mal que nos ha quedado patrimonio del cual chupar, que si no estaríamos de un desnortao de asustar...

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