9 de marzo de 2011

El Día de los Marcados

Llevo mucho tiempo esperando tal día como hoy para escribir esta historia y casi se me pasa, qué despiste más tonto.

Sitúese el lector en un pueblo de La Mancha profunda, que derrocha glamour un mes al año, pero los otros once sigue exudando un almodovarianismo brutal. Imagínese una iglesia de tipo jesuítico, con su enorme capacidad, llena de personas humanas un miércoles de ceniza -como hoy- asistiendo al oficio de rigor, en filica dispuestos a recibir en la frente el pegostroncillo de ceniza en forma aproximada de cruz.

No ha trascendido qué había mezclado con la ceniza aquel día; si era un producto corrosivo de por sí o qué clase de reacción química hizo con ella, pero la frente de los feligreses comenzaba a arder a los pocos instantes de recibir la señal. Los menos píos se deshicieron de ella en cuanto el picorcillo se hizo molesto, pero la mayoría de la gente aguantó hasta el fin del evento.

¿Resultado? La piel de la frente se enrojeció, erosionó, irritó y lesionó, en los lugares donde había tocado la ceniza, con una ligera o no tan ligera forma de cruz. Durante la semana siguiente, el pueblo fue habitado por Señalados, con cruces rojizas y amoratadas en la frente, como si los angelicos del apocalipsis con sus sellos se hubiesen paseado por ahí marcando gente.

Imagínese el lector la cara de los turistas y transeúntes al ver a todos los pobladores del núcleo con cruces en la frente. Vamos, a mí me pilla de paso y no me quedo a comer...

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