16 de octubre de 2008

Roma


Le mandé un comentario al señor de Estética después del examen, una reflexión me surgió al hilo del Viaje a Italia de Goethe como un"remedio" a su situación personal.

Es curioso que me haya sentido tan identificada; mi propio padre fue construyendo en mi mente una imagen propia de Italia, ilustrada con la variedad de libros de arte a los que podía acceder en mi casa. A los ocho años, hicimos el primer viaje a Roma, una escasa semana en la que ya comencé a apuntar maneras: en la libreta que utlilicé como diario quedaron grabadas impresiones imborrables, con letra más dibujada que escrita. Ostia, Villa Giulia, el Panteón, las catacumbas y los foros se grabaron en mi mente en construcción como el culmen de la aventura y a la vez, de la evocación. Asimismo, recogí también mi pasmo absoluto ante la existencia de fuentes de agua potable cada dos pasos, algo impensable en la sequía manchega en que me había criado. La pasta y las pizzas cautivaron a mi estómago, pero mi alma se entregó para siempre a los helados.


Absolutamente todos los sentidos de esta cachorra de ocho años se quedaron prendados del lugar. Como un paraíso terrenal, lo tenía todo. Me despedí de ella, con la ligereza de las mentes infantiles, hasta que a los trece años la economía nos permitió poner rumbo a Venecia. De ese viaje sólo recuerdo San Marco y la impresión de ese primer contacto con los coletazos de Bizancio y la incursión a Torcello. A los catorce, el verano siguiente, recalamos en Florencia: mi lealtad hacia Roma como Ciudad preferida se tambaleó ante el baptisterio y los Uffizi, donde las verdaderas dimensiones de El Nacimiento de Venus (siempre atisbado en láminas de, como mucho, tamaño folio) me hicieron temblar.

Volví con dieciséis años a Roma para vivir en mis carnes una inesperada experiencia que lo cambió todo. Al ir en peregrinación, se nos había reservado el altar de la Cátedra; por una serie de circunstancias logísticas, acompañé al grupo encargado de preparar todo a las ocho de la mañana. La Basílica no había abierto sus puertas a los turistas: sumida en un silencio roto sólo por los susurros de quienes decidían el reparto de asientos y los pasos de una afanada mujer con la pulidora. En aquel amanecer, sin contar aún con la formación que me permitiera entender qué estaba viendo, pude pasearme por el centro de la Cristiandad sola; dialogando en silencio con la Pietá, remoloneando de altar en altar sin sospechar la relación de ciertas figuras solemnes y tétricas con el elefantito que se había ganado mi simpatía ocho años antes ante Santa Maria sopra Minerva. Más fascinada que cohibida rodeé el baldaquino y contemplé largamente a Longinos hasta que me reclamaron.

El San Pedro que yo vi no tiene nada que ver con el que he podido ver en viajes posteriores, lleno de gente, donde el visitante se siente uno de tantos. Guardo aquellos minutos a solas con el espacio como el momento en que sentí los efectos de aquello que luego aprendería a mirar y explicarme. La arquitectura en bruto se encontró con mi espíritu iletrado y lo conquistó para siempre.

No regresé a tierras italianas hasta haber cursado ya primero de carrera. Noté la magnificencia del arte antiguo un tanto empañada por la terminología, pero el parco conocimiento que había acumulado daba también una dimensión nueva a todo lo visto. Sin embargo, los helados y la pasta han seguido impertérritos desde la primera vez, con lo cual me pregunto si al aprender a cocinar cambiaría también mi percepción de ellos.

Así, he podido enfrentarme al arte tanto como alma inocente como como proyecto de historiadora. Aunque la recepción cambie, la sensación final es la misma; cada viaje que hago exorciza el cansancio acumulado en la rutina del curso y renueva las ganas de descubrir y profundizar. Los viajes hechos a Francia no han tenido el mismo efecto; probablemente, por el tema de la comida y del idioma. Igual que la obra de arte total, el viaje a Italia es un viaje total. A diferencia de Goethe, yo sí que sé que voy a regresar.

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