21 de enero de 2010

Comistrajos varios

Croquetas




¿Hay alguna persona humana que pueda resistirse a las croquetas? ¿A quién no le han plantado delante abortos culinarios con forma de cagarruta gigante y una masa compacta cual hormigón sacada de una bolsa de congelados en el colegio, de campamento o en unos entremeses sospechosos de menú del día?

Las croquetas pueden ser el mayor de los manjares. Personalmente, ya que se trata del propio mecanismo, abogo por las croquetas más pequeñas que grandes, con una sola vuelta de huevo y pan rallado. Los croquetos, hijos míos, no son tan fáciles de hacer como parecen. Para empezar, parten de una receta atávica cuyo secreto se pierde en las patitas invisibles de los cromosomas y que sólo los genios perfeccionan antes de tener nietos: la bechamel. Que te quede la textura adecuada es realmente complicado, igual que los puntos de sal. Tiene que quedar blandita pero homogénea a la par que cohesionada.

Hacerlas es un horror. Comerlas, un placer.


Tarta de queso



Aquí la amiga es bastante más polémica. Está generalmente aceptado que la base debe ser galleta y no bizcocho reseco, pero con el quid de la cuestión hay un poco de disparidad: leche o nata, limón o no limón, gelatina o no gelatina... Una, con que sepa a queso y no a lechazo se conforma. Tampoco es cuestión de que quede dura como una piedra.

¿A qué viene otra incursión culinaria como aquella del tiramisú? Pues a que el cerebro necesita azúcar, nada más y nada menos; y el mío lo pide tan a gritos que no me deja pensar en nada más.

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