4 de mayo de 2010

Una mañana en el Guggenheim

Cuando tú vas a este museico lo primero que te encuentras es un sablazo al entrar. Sinceramente, no me parece que valga lo que te cobran, pero bueno. Contiene, básicamente, una exposición permanente a base de unos cuantos despropósitos del arte del siglo XX que nacieron sólo porque había una panda de zumbados protogafapastas que estaban dispuestos a pagar una millonada por una petarda muestra de snobismo, algún cuadrito menor de artistas consagrados tipo Picasso y un Juan Gris bastante decente. Además, una colección de esculturas gigantes en acero cortén que no pueden poner al aire libre porque se llenarían de yonkis, fornicarios y colgaos haciendo botellón.



Me encontré dos exposiciones. La primera iba a de un indio que tiene ideas geniales para entradas de metro potórricas peeero con una extraña tendencia a hacer instalaciones de tendencia menstrual, y una desafortunada idea de excretar cemento en truños haciendo formas creativas, que no quiero imaginar dónde se le ocurrió. Una de sus obras, fotografiada de estranjis, es un tanto evocataria:


Eso sí, tenía un ombligo amarillo gigante bastante currado y rayante. Ése sí me gustó.

En la última planta retozaban los restos de cachos de chapa repintados de un hombrecillo americano que recicla aluminio. Fin. Gracias a los dioses, el exterior es un sitio amplio con parque gigante, agua, superficies reflectantes divertidas para hacer fotos y demás. Yo no sé si es que estoy demasiado influenciada por haberme pasado tres meses de mi vida con las narices metidas en Los cornudos del Viejo Arte Moderno, pero salí entre cabreada, decepcionada y aburrida.

Pues eso. A los niños de cinco años les encantarán los cacharros laberínticos, probablemente. Mejor que en el Prado se lo pasarán, desde luego. Pero a las personas humanas pensantes sin la necesidad de hacerse los coleccionistas interesantes, no se lo recomiendo. Nada.

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