29 de diciembre de 2010

Chatarrero, chatarrero

Saben los cielos y los infiernos que el singermorningsmo de cierto sector del arte contemporáneo me toca sumamente los cojones. Las reflexiones (o no-reflexiones) sobre la muerte del arte, el cambio de concepto, el todo vale y las papanatas en vinagre que al mismísmo Dalí ya le tocaban la moral (lectura recomendada: Los cornudos del Viejo Arte Moderno, del citado catalán) a mí me revientan total y absolutamente. Agarrándome a los mismos badajos sobre los que cierta gentuza se ampara, si lo quieren llamar arte como si lo llaman Gumersinda: no me gusta, es una mierda. Si es el relativismo estético y conceptual a lo que apelan, yo también. Igual te ha costado mucho meter pensar que hacer truños de cemento iba a tener un significado que te cagas, pero es, literalmente, una mierda.



Así que cuando hace unos días unas personas humanas decidieron que venderle al chatarrero de un pueblo de Toledo esa chapa doblada herrumbrosa que había dentro de la fragoneta con cuadros que habían mangado en Getafe, cobrando por ella (no me acuerdo exactamente) treinta euros o algo así, mi partimiento de caja fue (y aún lo es) épico-místico. Ladrones objetivos, oiga, nada de relativistas: chapa doblada con herrumbre=chatarra. Grandioso. Magnífico. Olé.

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